¿Por qué nos gusta lo retro? Hay preguntas que no tienen una única respuesta, pues depende del punto de vista de quién la contesta y, en lo que a nosotros respecta, supongo que confluyen una mezcla de nostalgia y deseo de hacer que las generaciones actuales conozcan aquello que nos hizo felices, y todo ello sin entrar a juzgar el panorama actual que, como todas las cosas, tiene su lado bueno y su lado malo. En Fremos iniciamos este camino sin la menor pretensión, tan solo como una iniciativa personal que ahora tenemos el honor de compartir con los chicos de Retroinvaders, y a los cuales agradecemos que se hayan fijado en nuestra humilde aportación.

Es evidente que los juegos actuales, por su tamaño y duración, no permiten acabarlo de un tirón (a ver quién es el guapo que se hace, por ejemplo, el Skyrim o cualquier Final Fantasy sin parar, jejejeje…), pero en su momento, concretamente en el año 1987, hubo un título que nos proponía precisamente eso. Aunque si bien es cierto que su desarrollo con múltiples plataformas puede llevar a engaño, la búsqueda de objetos, las misiones que recibimos a lo largo de la aventura, los diferentes lugares y la posibilidad de equipar a nuestro personaje con mejoras evidencian el género al que pertenece. Sí, estamos hablando de un RPG en toda regla, creado para ser jugado en recreativas, lo que implicaba aprenderse de memoria todo su contenido si se quería terminar con éxito.
Desde hace muchos años están de moda los llamados juegos «sandbox» o de mundo abierto, en los que sin restricciones podemos viajar a cualquier parte del mapa y explorar, hacer misiones o dedicarnos a pasar el rato haciendo cosas secundarias. El juego que lanzó mundialmente a la fama a este género fue el GTA (Grand Theft Auto) III, pero no fue obviamente ni mucho menos el primero. Hubo otros, y mucho antes de lo que podemos pensar…
Antiguamente, en una época en la que máquinas con diferentes características convivían, era normal encontrar diferencias entre las versiones de un mismo videojuego. Los ejemplos son casi innumerables, desde las recreativas y pasando por las consolas hasta los viejos ordenadores de 8 bits. Hubo varios ciclos a lo largo de los años pero un día, cuando la tecnología creció lo suficiente como para igualar las cosas, todo cambió y las versiones menores, aquellas en las que se ponía todo el ingenio para alcanzar, en lo posible, la calidad del original, desaparecieron. Sin embargo… ¿lo hicieron para siempre?