En la segunda mitad de la década de los 90 del siglo pasado Sega, tras los tres juegos de su saga estrella «Virtua Fighter» (1, 2 y Kids), y del no menos interesante «Fighting Vipers», buscaba mantener su puesto como referente del género de juegos de lucha, plantando cara con no pocas dificultades a Namco y su «Tekken», además de a otros títulos tales como el «Soul Edge» de la propia Namco, que derivaría años después en el famoso «Soul Calibur» o el primer «Bloody Roar» de la desaparecida Hudson Soft.

Corría el año 1995, el mes de junio más concretamente, cuando aquí tuvimos el placer de recibir la nueva máquina de Sega, la Saturn, que venía a elevar poderosamente los estándares de los videojuegos de entonces al pasar de los sprites a los polígonos y texturas, de las 2D a las 3D. Un monstruo con dos procesadores RISC de 32 bits en paralelo que prometía llevar las recreativas de la compañía, razón principal por la cual me decanté por ella, al salón. Yo tuve que aguardar a finales de año para hacerme con una, en una odisea digna de novela que ahora os contaré.